Restaurante Bocatti di Cardinale

Calle Luis Fuentes Bejarano, 60, 41020 Sevilla
Teléfono: 608 21 19 69

Reinventarse en la hostelería no siempre significa partir de una larga trayectoria entre fogones. A veces surge de la intuición, del esfuerzo y de las ganas de hacer bien las cosas. Ese es el caso de Bocatti di Cardinale, el proyecto personal de Eduardo de Castro, un hostelero atípico que se lanzó a la aventura de montar su propio negocio tras las dificultades que dejó la crisis económica. El proyecto comenzó en 2014 en el Mercado de Abastos de Sevilla Este, cuando Eduardo y su esposa, Inmaculada González, decidieron probar suerte en la restauración, a pesar de que él no procedía del sector. Antes había desempeñado trabajos muy distintos. Uno de los más curiosos fue el de distribuidor de cerillas personalizadas, una afición que todavía hoy forma parte de la personalidad del local, donde se puede ver parte de su colección expuesta. El nombre Bocatti di Cardinale procede de una expresión italiana que se utiliza para referirse a algo especialmente sabroso o exquisito, casi un “bocado de cardenal”. Esa idea resume bien la filosofía del establecimiento: una taberna donde se combinan tapas tradicionales, productos gourmets y elaboraciones sencillas pero bien seleccionadas. Desde su apertura el negocio ha cambiado de ubicación dentro de Sevilla Este, su barrio de residencia. La última mudanza se produjo en noviembre de 2025, cuando el establecimiento se trasladó a un local frente al hotel AC Sevilla Forum. Allí cuentan con un espacio más amplio y mejor equipado, con barra y cocina prácticamente a la vista, un comedor bastante luminoso y una amplia terraza.

El espacio combina un aire actual y luminoso con pequeños detalles personales que le dan carácter. El comedor principal es amplio y está muy iluminado gracias a los grandes ventanales que dan al exterior, lo que permite que entre mucha luz natural durante el día. Las mesas de madera clara y las sillas negras aportan un estilo sencillo y funcional. En una de las paredes aparece un papel pintado de estilo clásico, decorado con pequeños motivos florales, sobre el que se distribuyen cuadros, fotografías y algunos objetos antiguos. Sobre una repisa corrida se alinean pequeñas lámparas, plantas y distintos elementos decorativos que crean un ambiente cálido y doméstico. Entre ellos destacan varias cámaras antiguas, algunas cedidas por el periodista Paco Lobatón, que forman parte de ese pequeño universo personal que rodea al establecimiento. La barra ocupa otro de los puntos centrales del local y está integrada en el comedor, con la cocina prácticamente a la vista del público, lo que aporta cercanía y sensación de actividad. Sobre ella cuelgan lámparas industriales que contrastan con el techo en tonos amarillos y con los paneles gráficos del fondo. A todo ello se suma la terraza exterior, situada frente al local, que amplía bastante la capacidad del establecimiento y se convierte en uno de los espacios más agradables cuando acompaña el tiempo. En conjunto, la decoración no busca grandes artificios, sino crear un ambiente luminoso, cómodo y con personalidad, donde los objetos y recuerdos personales de Eduardo ayudan a contar la historia del proyecto.

La propuesta gastronómica mantiene su esencia: platos pensados para compartir que van desde frituras y guisos tradicionales hasta chacinas, además de algunos arroces y una colección de patés, en un ambiente cercano que refleja bastante bien la personalidad de su propietario. Una amplia variedad de tapas y platos tradicionales, como las mini pavías de merluza (aprox. 4€), chicharrón de Cádiz (4€), lagrimitas de pollo (4,5€), pimentá con tronco de melva (4€), carrillada ibérica en formato tapa (4,5€), papas bravas (3,8€) o tortillas de bacalao (4€). También destacan las croquetas caseras en diferentes versiones, como ternera con setas, cabrales, pisto con jalapeños, pollo al curry o gambas al ajillo, que suelen rondar los 4,5€ la tapa, además de surtidos de croquetas por unos 7–8€. Entre los entrantes y productos ibéricos se encuentran jamón, caña de lomo de bellota (aprox. 4,5€ la tapa), salchichón o chorizo ibérico (alrededor de 4€), junto con diferentes quesos como queso de oveja, queso de cabra o queso de cabra con mermelada de tomate (entre 4€ y 4,5€), además de surtidos de quesos o ibéricos que suelen situarse entre 13€ y 14€. La oferta continúa con platos para compartir como la ensalada Bocatti con tomate de Conil, aguacate, queso y nueces (unos 9,5€), tomate con melva (8,5€) o pulpo a la gallega (alrededor de 16€). Entre los platos calientes destacan elaboraciones como su famosa tortilla al whisky, el flamenquín de la casa, elaborado con carne de cerdo ibérico, jamón y un queso curado, bacalao dorado o revuelto de gulas (12€), pisto casero con huevo (8,5€) o diferentes sartenes de patatas y huevo con jamón, chorizo ibérico, la exquisita de morcilla o la de gulas, que suelen situarse entre 8,5€ y 10€. También se pueden encontrar carnes como presa ibérica (unos 12€), solomillo ibérico al cabrales (aprox. 12,5€) o carrillada (12€), además de platos de cuchara como fabes asturianas (11€) y arroces como el de secreto ibérico con boletus, normalmente alrededor de 9€ por persona. Para terminar, la carta incluye postres caseros como mousse de chocolate, flan de queso o flan de higos al PX (4,5€) y coulant de chocolate (5€).

En definitiva, Bocatti di Cardinale es uno de esos establecimientos donde el ambiente lo marca tanto la cocina como la persona que está al frente. Quienes frecuentan el local destacan enseguida la simpatía de Eduardo, su trato cercano y esa actitud constante de cuidar los detalles y atender personalmente a los clientes, algo que ha definido el carácter del negocio desde sus inicios. A ello se suma su vínculo con Cazalla de la Sierra, de donde procede parte de su familia y donde compra la extraordinaria chacina. La propuesta gastronómica sigue la misma línea: cocina sencilla, agradable y pensada para compartir, con tapas, frituras, algunos guisos y un par de arroces que permiten comer con variedad sin que la cuenta se dispare. La atención resulta correcta y cercana, en consonancia con el estilo de una taberna de barrio que busca que el cliente se sienta cómodo. En nuestro caso, la experiencia terminó con un ticket final de unos 17 euros por persona, una cifra bastante razonable para una comida variada. Un lugar agradable, bien de precios y con una cocina honesta, donde la cercanía del personal es uno de sus principales atractivos.

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