Raza Quesos Artesanos

Calle Jáuregui, 9, 41003 Sevilla
Teléfono: 634 47 11 76

Hay una estirpe de apasionados que no se conforma con probar: quiere comprender. Son los turófilos, devotos del queso, peregrinos del tiempo y del aroma. Hablan en el idioma de las fermentaciones y sueñan con el sonido que hace un cuchillo al hundirse en una pasta bien afinada. Para ellos, un queso no es un producto, sino una criatura viva, un paisaje comestible que condensa clima, raza y paciencia. En Andalucía, esta fiebre sensorial crece en silencio, como una corriente subterránea que va uniendo a pastores, afinadores y curiosos en torno a una misma fe: la del sabor que cuenta historias. En redes, ferias y mesas improvisadas, se reconocen entre sí por el brillo en la mirada, por la forma en que huelen la corteza antes de hablar. Son la nueva hermandad del gusto, los que entienden que el queso no se come: se escucha.

Entre esos nombres que resuenan con fuerza en la nueva cultura quesera hay uno que suena a vocación y a destino: Álvaro Ocaña. Sevillano de Brenes, con alma nómada y mirada de investigador, se ha convertido en uno de los grandes fromeliers del país. Su historia tiene algo de novela: quiso ser ingeniero marítimo, pero acabó navegando mares de leche cruda y cortezas floridas. Pasó por templos de la alta cocina, Bardal, Lú Cocina y Alma, Saddle, donde aprendió que un buen queso se sirve con la misma precisión con la que se descorcha un gran vino. A fuerza de curiosidad y disciplina, llegó a ser el mejor fromelier de España y finalista del concurso mundial Young Cheesemonger of the Year en Noruega. Hoy, su conocimiento no solo se mide en premios, sino en la pedagogía que comparte en cada cata y en la relación humana que cultiva con sus clientes.

En pleno corazón de Sevilla, en la calle Jáuregui, ha abierto sus puertas Raza: el sueño tangible de Ocaña. No es una tienda, ni un bar, ni una escuela. Es un refugio. Un lugar donde el queso se muestra desnudo, sin artificio, ante quienes están dispuestos a descubrirlo de verdad. En sus vitrinas descansan entre sesenta y setenta referencias nacionales e internacionales, elegidas una a una como si fueran reliquias. Una mesa para diez, una barra íntima para dos, luz cálida, mármol y madera. Aquí, cada cata es un rito: siete quesos, tres vinos y una narración que convierte el acto de probar en un viaje sensorial. “Cada queso tiene su momento, y cada momento su queso”, repite Ocaña, como un mantra que resume la filosofía del lugar. Raza es más que un negocio: es una declaración de amor a la materia prima, a las razas autóctonas y al arte de esperar.

En un mapa gastronómico que a menudo se escribe con tinta de aceite y vino, el queso andaluz comienza a reclamar su espacio propio. De la Sierra de Cádiz a las Alpujarras, del Andévalo a la Serranía de Ronda, los artesanos trabajan en silencio, cuidando rebaños que guardan siglos de historia genética. Quesos de cabra payoya, de oveja merina grazalemeña, de vaca serrana andaluza… Cada uno es un fragmento de paisaje, una postal que se come. Ocaña los defiende como quien defiende un idioma en peligro: con pasión, con rigor, con ternura. Desde Raza, impulsa catas, talleres y encuentros que enseñan a mirar el queso como un relato cultural, no como un acompañamiento. Sevilla tiene un nuevo templo del sabor lento, una casa de la leche noble. Un lugar donde el tiempo madura, la historia se huele, y el paladar se convierte en memoria.

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